Centro de Actualización e Innovación Educativa (CAIE)
I.E.S. Nº 2 "Mariano Acosta" Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Argentina

¿Es posible o imposible hacer arte después de las genocidios del Siglo XX?

¿Es posible o imposible hacer arte 
después de los genocidios del Siglo XX? 
Una mirada del Arte (techné) entendido como
acción  para el bienestar de la Humanidad

Lic. Mariano Peltz

La primera línea “asesina” del arte tal cual lo conocemos en la actualidad surge con el nacimiento de los “artistas geniales” o “malditos”. Es sobre esta base que  descansa el concepto  de lo bello o del alma  de  un determinado individuo al que se le suponen poderes excepcionales. En la Edad Media, los artistas y el arte se encuentran pacíficamente mezclados a lo que hoy llamamos artes y oficios. Tan sensata situación se prolonga hasta el Renacimiento tardío y no es sino en el Barroco cuando comienzan los primeros intentos de re-clasificación de las actividades creativas. Si bien a fines del siglo XVIII hay una primera distinción entre las artes mecánicas y las bellas artes, se mantiene la pertenencia a una misma familia. Pero las llamadas obras de arte no poseen el monopolio de lo bello ni lo poseerán hasta mucho más tarde. Kant en su Crítica del Juicio, no distingue cualitativamente lo bello natural de lo bello artificial y (del mismo modo que Platón) cuando refiere a lo bello no menciona a pintores o poetas, ni establece una línea tajante entre las obras bellas naturales (una cascada, el arco iris) y las obras artificiales (una pintura o escultura). Sin embargo, con este filósofo prusiano se inicia la línea subjetivadora de lo bello porque este concepto involucra: a) la satisfacción desinteresada, independientemente de su rentabilidad; b) lo que gusta universalmente sin concepto y que no podemos explicarlo mediante el entendimiento; c) la no verdad ya que se refiere a una verdad no demostrable y d) la inutilidad y el no placer.

Para Kant, baluarte de la tradición ilustrada, las Bellas Artes son una continuación de las producciones de la naturaleza. Pero los ilustrados comienzan a identificar esa producción humana con un tipo especial del ser humano, los artistas, seres primitivos y espontáneos capaces de oír la voz del Medio Ambiente. Es a través de ellos, de los “genios”, que la naturaleza se expresa y establece o dicta las leyes. No obstante, una vez que estos “artistas extraordinarios” incursionan por los círculos del poder y comienzan a firmar sus obras, creen que sus dones lo pueden todo.

La segunda línea de “muerte”, es la línea romántica. Hegel delimita el objeto de una estética que sea realmente científica. Para cumplir ese requisito, la estética debe limitarse al estudio de las “obras de arte histórica”; es decir, aquellas producciones del hombre universalmente aceptadas y ejemplificadoras de un momento significativo del espíritu humano y aventurero. Desaparecen por completo las obras de la naturaleza. Lo bello artístico es superior a lo bello natural. Gracias al arte, el ser humano se separa de la naturaleza, la niega y deja de ser un animal destinado a la muerte como otros seres vivos. Es la historia la que le justifica. Las obras de arte, agrupadas como historia del arte, nos redacta el discurso sensible de los avatares del espíritu, de los sueños y despertares humanos. La belleza no está en el objeto sino en la palabra. Para Hegel, el arte y la religión son saberes históricamente periclitados, ya que si bien tienen pleno derecho a la verdad en Grecia o la Edad Media, ahora representan el pasado a través de sus actividades nostálgicas. Parafraseando a este filósofo alemán, nuestra absoluta necesidad de autoconocimiento tiene ahora herramientas más satisfactorias que el arte: la filosofía o la ciencia. Si tenemos en cuenta que el arte queda reducido a justificar la marcha histórica de las sociedades, he aquí la segunda muerte del arte porque se transforma en historia precisamente.

Retomando al arte que se relaciona con la naturaleza, el Romanticismo coloca al artista en una situación extremadamente comprometida: de un lado es el todo poderoso, creador de una segunda naturaleza inspirada por la naturaleza misma; pero, de otro, el artista es un burgués, un pequeño burgués, un turista, un funcionario... emparentado con su vida social y con su actividad económica. A pesar de sus delirios de autonomía, depende de la clientela burguesa. Pero lo más importante de todo esto es que el artista de finales del siglo XIX ya no es sino el técnico, el especialista sobre este oficio... Y el final de esta carrera artística  se orienta hacia la autodestrucción: cuadros que se pintan por si mismos, poemas que se componen automáticamente.

La “muerte” del arte implica, por un lado, la descomposición del artista y por el otro, la absorción del arte por parte de la técnica. Técnica que nos ha hecho olvidar como ser orgánico y de pertenecer a la comunidad natural que nos rodea. Las guerras más nefastas del Siglo XX nos revela el extremo más endemoniado al que el ser humano puede llegar a provocar. Este “arte bárbaro”, sanguinario, está en contra de la techné del arte propuesto por los griegos. Arte griego que favorece el intercambio subjetivo, la relación moral y ética con la naturaleza; y el respeto por la vida misma, defensora de la paz, tanto individual como colectiva. Cuando hablamos de la imposibilidad del arte hacemos referencia al arte tal cual lo conocemos hoy.

El arte que venimos explicando, ya fue exterminado desde hace varios siglos y  con Auschwitz (hecho histórico elegido al azar como principal referente pero no el único del Siglo XX), culminó y dio origen a un proceso en el tiempo (hasta la actualidad) que fue la “síntesis satánica entre naturaleza y Razón Instrumental” (Horkheimer); Razón que se impone a lo natural a través de  la conquista, la invasión  y la manipulación ideológica. Visto el arte actual, lo bello y lo terrible son posibles: la técnica racional no cuestiona porque todo está al alcance de las personas, incluso la barbarie. Sin embargo, otro arte es posible después de los genocidas del Siglo XX, un arte que tenga como soporte una tecnología libertaria y que esté basado en los valores de la  comunidad local y/o global.

Si continuamos con el “arte racional” de todos los días, la frase de Adorno “que Auschwitz no se repita” no se cumplirá ya que el Imperialismo, el Nazismo, continuarán reflejando el arte destructivo y bélico que tiene como finalidad el trazado de la muerte y de las obras de artes macabras y escalofriantes.

El arte defendido por los griegos es el que respeta la sincronicidad del sujeto y del objeto y no la tiranía del sujeto sobre el objeto. El arte fecundado por la Racionalización (y no por la Razón) da lugar a la manipulación desenfrenada, ilimitada. Negar la existencia de la subjetividad en la naturaleza humana y no humana es negar que ésta pueda existir o en su forma humana o en cualquier otra forma. Y esto sucede con el arte racional.

Para finalizar, la Racionalización Instrumental favoreció la autonomía de un arte cosificado; arte completamente distinto al de la vida. Este “utópico” arte se relaciona con la techné, con la naturaleza, con el respeto hacia los otros seres vivos. El ser humano no se encuentra “frente a” sino “con” los objetos. Jamás tiene como meta destruir sino construir una comunidad ética y moral en el que las diferencias posibiliten la identidad colectiva. Por tal motivo, si hacemos hincapié en el “arte muerto” podríamos decir que después del Nazismo sería imposible la elaboración del arte tal cual lo entendemos en la actualidad. Ahora bien si cambiamos nuestra concepción de pensar el arte y nos basamos en el arte de la vida, estemos seguros que un nuevo arte está naciendo para el bien de toda la humanidad. Y seguramente después del Genocidio Armenio, Primera y Segunda Guerra Mundial, Auschwitz, Kosobo, Medio Oriente, un nuevo sol alumbrará nuestras vidas y modos de pensar, crear, actuar y educar/formar.

Bibliografía de consulta:

Bookchin, Murray;  (1993) Ecología de la Libertad, Ed. Altamira, Buenos Aires. Capitulos 9 y 10.
Burger, P., (1997) Teoría de la Vanguardia, Península, Barcelona.
Lenarduzi, Victor y otros, (1999) Escuela de Frankfurt: Razón, Arte y Libertad, Eudeba, Buenos Aires.
Morin, Edgar, (1984) Ciencia con Consciencia, Ed. Anthropos, Barcelona.

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